miércoles, 21 de octubre de 2020

REDACCIÓN 3. Cuento de fantasía

 


TIPO DE TEXTO: Narrativo.
TIPO DE NARRADOR: Externo. En tercera persona. Omnisciente.
PERSONAJE: Su protagonista tiene que ser un hombre, mujer, niño o niña que sea de una materia especial (oro, plastilina, hielo, hierro, chocolate, espuma, arcilla, fuego, trapo, o cualquier otro) que le cree un conflicto y le conduzca a un destino.
TIPO DE RELATO: De ficción y fantasía.
ESTRUCTURA: 1) PLANTEAMIENTO (Presentación del personaje y sus circunstancias), 2) NUDO (Narración del conflicto), DESENLACE (Resolución y final de la historia).

Hay muchas historias de ficción en los que aparece personaje hecho de un material, que normalmente tiene un carácter simbólico  y determina su destino.

Recordemos, por ejemplo, a Olaf, de Frozen: un hombre de nieve que sueña con conocer el verano. Su deseo es trágico, porque todos sabemos que, de conseguirlo, moriría derretido. No conozco si este personaje tiene un final escrito por Disney. Uno de sus antecesores,  La  “Niña de nieve”del cuento ucraniano, muere al llegar la primavera.

“Jaime de cristal”  es un precioso cuento de Gianni Rodari cuyo protagonista es transparente como el cristal y esto le acarrea graves problemas, cómo podéis leer en el enlace.

El Leñador de Hojalatade El mago de Oz, hecho de metal, vacío por dentro, pero ansioso por poseer un corazón es otro ejemplo de personaje cuya materia condiciona su historia.

Oscar Wilde tiene un cuento titulado “El Príncipe Feliz” El protagonista, una maravillosa estatua forrada de oro con joyas incrustadas, sufre al ver la pobreza del pueblo, por lo que pide a una golondrina que arranque su oro y lo reparta entre la gente, aunque para ello tenga que sacrificar su magnífica belleza y el ayuntamiento lo acabe fundiendo por no servir para nada.

En el cuento de “Matrioska”, la protagonista, que no puede ser madre por ser una muñeca de madera, acepta que el artesano que la hizo saque a su hija de la madera de su propio interior, quedándose ella hueca. Lo mismo piden, una tras otras, todas las hijas, hasta que el carpintero, al ver que la más chica no tiene madera suficiente, la fabrica como un niño para que no pida ser madre como las otras.

Por último, os dejo un texto de ejemplo.


EL HOMBRE DE CORCHO

Había una vez un hombre que estaba hecho de corcho. Aunque era honrado y trabajador, cumplidor y justo, en su familia todos protestaban de él constantemente.

-Qué tío tan soso -decían sus hermanos-. Nos vamos de juerga con él y nunca se divierte.

-Mi hijo ni siente ni padece. No tiene corazón -protestaba su madre, porque no lo vio llorar cuando murió el padre.

-¿Cómo pude aguantar a un novio tan poco apasionado? -confiaba a sus amigas una muchacha que estuvo un tiempo saliendo con él-. Era como salir con un tapón de botella.

A la gente del pueblo tampoco le gustaba, porque no parecía enternecerse al ver a sus bebés, ni entristecerse con sus penas. Ni siquiera se le veía envidioso cuando tenían suerte. Lo tenían por un “esaborío” de los peores.

De modo que todos le dieron de lado y cuando se lo encontraban por la calle ni le saludaban siquiera.

Un día ocurrió una desgracia en el pueblo: la presa del pantano se rompió y las aguas lo inundaron todo. Nadie sabía qué hacer: hombres, mujeres y niños lloraban, maldecían, se arañaban la cara y se tiraban de los pelos, pero, sumidos en su desesperación, ninguno atinaba a encontrar solución a su desdicha.

Mientras tanto, el hombre de corcho estaba impasible, como siempre. Esto le permitió mantener la cabeza fría e idear un plan. Como él, por ser de corcho, tenía una extraordinaria capacidad de flotación, sin decir palabra se dirigió a la zona inundada y fue recogiendo, una a una, a todas las personas atrapadas por las aguas y llevándolas al pueblo vecino. Después, volvió por sus enseres. No es posible contar cuántos viajes hizo. Su temperamento de corcho le permitió soportar los ataques de histeria, las peleas de la gente que quería que lo suyo fuera primero, el miedo de los que temían ahogarse e incluso desdén de unos cuantos desagradecidos. Con infinita paciencia rescató al pueblo entero casa por casa. Después, empapado, completamente hinchado de agua, fue a secarse a la chimenea de una venta. Ni siquiera entonces se mostró ufano de su proeza.

Desde entonces, el hombre de corcho fue el más respetado de la comarca. Cuando las aguas volvieron a su cauce y el pueblo recobró la normalidad, los vecinos, agradecidos, pusieron su nombre a la plaza principal. Comprendieron que su impasibilidad, que en otro tiempo consideraran una limitación, era, bien mirada, también un tesoro,  y muchos quisieron cultivarla en ellos mismos como una virtud superior. Además, el día de la inundación el hombre de corcho se mojó tanto que se llenó de un musgo suave y tierno que lo volvió más entrañable.

Nunca más estuvo mal visto ser de corcho en aquel pueblo.

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